El restaurant La Quinta es con más de 40 años, uno de los de mayor abolengo en la región, su prestigio y la demanda de sus clientes hizo patente la necesidad de ampliar y renovarse, reto que asumimos de la mano de sus propietarios.
En sus inicios, una construcción tradicional a partir de arcos y con una gran profundidad que evocaba una cueva, generaba un ambiente cálido, acogedor e íntimo. Había que agregar valores nuevos, sin desechar los antiguos, ofreciéndole así al comensal una más amplia paleta de emociones con innovadoras formas de vivir el espacio.
Es necesario entender los retos y oportunidades en un proyecto, en este caso, sabíamos de la importancia de no interrumpir el servicio al público y así no detener el flujo de efectivo, para esto se separó el proyecto y su ejecución en etapas, que iniciaron desde lo funcional con una cocina industrial hasta lo estético.
Sabíamos que habría 3 observadores de la pieza arquitectónica. Quien pasa a toda velocidad, quien cruza el umbral y aquel, el privilegiado que ya está en ella.
Así, desde el exterior las formas lineales y sólidas evocan la velocidad, pero al mismo tiempo le dan oportunidad a quien pasa de contemplar a pesar de todo el lugar, aprovechando sus más de 60m de fachada.
Al ingresar hay una barrera, un pasillo jardineado que como franja de amortiguamiento te da esa sensación de dejar el ruido, el polvo, el humo y el caos de una avenida altamente transitada para entrar a un lugar acogedor, donde verdaderamente se apetece estar.
De este modo llegamos al principal testigo de la obra, quien la vive, quien la habita, quien la siente. Al interior una saturación de geometrías puras y colores, como en el papel picado dan vida al diseño que aunado a materiales, texturas y ambientes nos remiten al platillo insignia de la firma, la birria tradicional de chivo que a su vez mezcla especias e ingredientes innumerables que con paciencia se amalgaman para lograr un sabor complejo y único.